‘Hombres que escriben en habitaciones pequeñas’, en el Teatro María Guerrero (Madrid)

Un escritor, autor de novelas de poco éxito que se venden en Internet, ha sido secuestrado y llevado a la fuerza a un lugar desconocido. El hombre despierta en un sótano repleto de archivadores, de expedientes escritos en lenguas extranjeras e informes censurados, y se encuentra con tres mujeres (¿o son tres espías?) que reclaman su ayuda. Si quiere formar parte de un movimiento revolucionario, el escritor tendrá que prestar su talento a una causa mayor: concluir el relato de un magnicidio que cambiará el rumbo de un país en crisis.

Hombres que escriben en habitaciones pequeñas es una comedia que nos habla de contraespionaje y de terrores modernos, de viajes en el tiempo y de literatura, pero, sobre todo, de gente corriente ahogada en la paranoica desesperación del tiempo que nos ha tocado vivir.

Magnicidio. O una cicatriz con forma de bandera. Eso es todo y no hace falta más: un tirador solitario que conspire entre las paredes de un apartamento. ¿Solitario? Bueno, uno quiere pensar que siempre hay alguien más detrás del asunto. Y, aunque lo sea, aunque se trate de un único hombre, ¿cómo es posible conspirar en soledad?

La palabra conspirar, del latín conspirare (“respirar juntos”), implica a varias personas. Conspirar es, de algún modo, narrar en compañía. Contar una historia para que quede oculta al otro lado de la Historia. La trama argumental que se teje entre los conspiradores podría ser el origen de un relato de ficción y, al mismo tiempo, el germen de un acto terrorista. Algunos pensarán que hablo de películas de James Bond, y está claro que no es un tema nuevo: infinidad de cómics, numerosos films paranoides de la Guerra Fría y unas cuantas novelas han explorado la cuestión del héroe que intenta perpetrar (o evitar) el atentado del siglo. A pesar de tantas otras criaturas de ficción, Hombres que escriben… rinde culto a las novelas de Don DeLillo y a una idea que se oculta entre sus páginas. Los más peligrosos, siempre, son los “lobos solitarios”, los hombres que han pasado demasiado tiempo recluidos en sus pequeñas habitaciones. Es decir, de tanto fantasear con la conspiración terrorista, hemos olvidamos del poder del individuo que, a través de su rebeldía o resistencia, también puede ser capaz de oponerse al estado al que pertenece.

El miedo nos aísla y nos aleja del otro. En una época de terror, la sociedad se atomiza y se divide en fracciones cada vez más pequeñas y, por lo tanto, más débiles. La intención de este texto es que a través del teatro, y del humor, nos enfrentemos a dicho miedo en comunidad. Porque, al fin y al cabo, el teatro ha sido siempre el escenario de la mayor conspiración: el presidente Lincoln fue asesinado por un actor mientras asistía a una función teatral; Lee Harvey Oswald se refugió en un viejo teatro justo después de disparar a JFK; el hombre que atentó contra el-presidente-que-fue- actor —Ronald Reagan— estaba enamorado de una actriz —Jodie Foster— y su acto criminal no fue más que un acto de amor por el cine. Porque el teatro ha estado ahí desde el principio y éste parece ser el momento ideal en el que debemos afrontar la cobardía de vernos implicados en un movimiento social mayor que nosotros. Porque debemos recordar que somos parte del cambio. Porque, aunque el cambio se produzca de individuo en individuo, siempre lo hemos sido.

Hombres que escriben en habitaciones pequeñas es una comedia, por supuesto. Una historia sobre gente corriente, gente como tú y como yo, como nosotros, con demasiados sueños por cumplir y no menos terrores.

Antonio Rojano

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